Zaragoza en blanco




26.9.05

Mis comportamientos

la calle

Normalmente, antes de ponerme a escribir, sé sobre qué voy a hacerlo... hoy tengo una vaga idea, pero nada más. Hoy es una necesidad, una urgencia, porque algo dentro de mí, está a punto de explotar, y aunque todavía no sé lo que es, prefiero sacarlo fuera, para que no me reviente por dentro.

No suele ser así, aquí, pero ya no quiero saber nada de lugares apropiados, de comportamientos apropiados, de vómitos apropiados, del momento justo. Me importa una mierda si esto está bien escrito o no, en realidad, ahora mismo, siento que me importa una mierda, si algo de lo que escribo está bien o no. ¿Quién lo decide, lo que está mal o bien?

¿Por qué necesito creer que está bien? Mejor dicho, que los demás me lo hagan creer. ¿Por qué necesito pensar que sé hacer algo? ¿Qué tiene de malo no saber hacer nada? ¿De dónde me nace esta puta vanidad?

Hoy siento que lo único realmente importante, son las personas a las que quiero, y no me sirve eso de que yo tengo que ser lo más importante y quererme a mí misma, y todo eso. Me quiero a mi misma, aunque a veces me haya maltratado un poquito, yo misma me perdono. Pero lo más grande que tengo, son esas personas que me rodean, y me hacen sentir que la vida es maravillosa. Que no tengo nada que temer, ni que perder, al calor de su abrazo.

Quizá soy débil por eso, pero aunque no me guste repetirme, estoy obligada a decir, que también me importa una mierda si soy débil.

Este fin de semana, por ejemplo, he tenido la suerte de conocer a alguien muy especial, un amigo, que en realidad ya conocía desde hace tiempo. Y no sé exactamente por qué, pero su visita, me ha hecho replantearme muchas cosas.
Sospecho que esa facilidad, que estoy adquiriendo poco a poco, de compartir el alma, directamente, al igual que las cervezas y las conversaciones, tiene mucho que ver. La risa, la felicidad se esconde detrás de todas esas carcajadas comunes.

También conocí, el sábado por la noche, a un francés, concretamente de París (Oh de París, como me flipo con París, ni yo misma me entiendo) que me contó su vida, con una sonrisa en los labios, pero con alfileres en los ojos.
Tenía una mirada tan triste, y tan azul, que hoy me ha hecho volver a los sitios por los que pasamos, para intentar deshacer el nudo, que se me instaló en la boca del estómago.

En lugar de zapatos, llevaba pantuflas, pero eso no nos impidió bailar hasta las siete de la mañana. Solo bailar, hasta hacerse de día, sin pensar en nada.
En mi camino me he cruzado con varios hombres con traje y corbata, realmente, me parece mucho más absurdo llevar una corbata, que salir a la calle en pantuflas.

Las pantuflas son cómodas, las corbatas no sirven para nada.

Me dan ganas de vestirme al revés, porque o el mundo está loco, o yo no lo entiendo.

Sólo intento descubrir, que es lo que realmente necesito.

Algo está cambiando. Mejor dicho, está cambiando TODO.