Zaragoza en blanco




29.9.05

Mimitos

independencia

Una mesa junto a la ventana, en El caffè di Roma.
Un capuccino, y una caracola, barnizada de azúcar y virutas de colores.
La voz de Henry Miller, doblada al castellano (ya no puedo imaginarla de otra forma) en las páginas de Primavera Negra.
El ruido a mi alrededor, que desaparece.
El cacao, que corona la espuma del capuccino.
Me gusta tomarlo antes que nada, separándolo con la cucharilla.
Después la caracola.
Por último, lo mejor, el café.
El café todavía caliente, todavía dulce, para sorber despacio, estirando el tiempo.

Con la tranquilidad, de sentirme mejor.
Con la certeza, de no ser una mujer increíble, pero sí una mujer afortunada.
¿Qué más puedo pedir?