Zaragoza en blanco




13.7.05

Mi auténtico despertador

por los adoquines

Creo que ya lo he comentado antes, pero últimamente me levanto muy temprano.
Y es que yo no soy de esas personas sacrificadas, que prefieren sufrir en silencio, soy la típica pesada que se pasa el día contando lo temprano que se levanta, lo cansada que está o las agujetas que tiene.
Bueno, quizá todo el día no, exagerada también soy un rato.

Me levanto a las seis y escribo.
Me parece la mejor hora, porque estoy medio dormida, y tengo la sensación de que todavía no se me han contaminado las ideas. Esas que normalmente me asaltan de noche, cuando no tengo ganas de levantarme para anotarlas.

Después exprimo unas cuantas naranjas, y me bebo el zumo.
Me ducho, tomo el resto del desayuno, y salgo a la calle estrenando cada mañana un tropiezo distinto. Hoy tocó el bordillo de la calle Mayor.

Camino y camino, sin enterarme apenas de lo que me rodea, hasta que llego a la Plaza de los Sitios.

En esa Plaza, de lunes a viernes, todas las mañanas yo me despierto.

El sol ya es intenso, pero todavía no molesta, y todo está cubierto de claros y sombras, de flores diminutas que se esparcen por el suelo, de hojas que bailan, de surtidores de agua, que no paran de dar vueltas...

Es como si de repente tomara conciencia de todo, de todos mis sentidos.

El agradable olor a hierba mojada me lo confirma.

A partir de ahí, todos los detalles, los bancos, los perros, los edificios, las farolas, todos me llaman.

No se me escapa nada.

Cada vez que cruzo la Plaza de los Sitios, me sorprendo como el primer día.