Zaragoza en blanco




2.7.05

Hoy agujetas

anoche

La última vez que vi a Loquillo en un concierto yo tenía 14 años.
Entonces él vestía de cuero, ayer era un hombre con traje.

Siempre que voy a un concierto, me pasa lo mismo, da igual donde me sitúe, el más alto del local, se me va a plantar delante.
El de ayer era tan alto, que ni dando saltitos conseguía ver nada.
Loquillo cantaba y yo quería verlo, pero no había forma, sólo lo lograba cuando se movía un poco por el escenario.

Su voz me hacía sentir, de algún modo, adolescente.
Era una sensación tan agradable.
Y yo deseaba, con todas mis fuerzas, que el tipo insolidario se cambiara de sitio.
Entre saltos, cervezas, gritos, yo formulaba mi deseo, una vez, y otra.


No conseguí que se cambiara, pero pasó algo todavía mejor.
Loquillo bajó del escenario, y se puso a cantar entre el público.

Siguió avanzando despacio, la gente dejándole paso, y se paró justo a dos palmos de mí.
Cantó media canción así, tan cerca, tan grande, tan impresionante.
Sentí la tentación de acariciarle el brazo, pero me contuve.
Sólo me quedé mirándolo, con cara de boba, mientras consideraba seriamente la posibilidad de tener alguna especie de poderes mágicos, que desconozco...