Zaragoza en blanco




22.5.05

Intensidad

en la plaza

Leyendo los últimos escritos, veo que últimamente me repito mucho, intenso, intensidad, intensamente, una vez, otra, y estas son sólo las veces que se quedaron, inconscientemente, antes tuve que borrar algunas más, de las que por suerte si me di cuenta.
Odio repetirme, aunque si me dejo llevar, algunas palabras se cuelan sin permiso en todos mis textos, como pretendiendo ser las únicas capaces de sintetizar mis emociones.
Intensidad, la busco en el diccionario, pero ninguna de sus definiciones refleja como me siento, así que encima descubro que seguramente la esté utilizando mal.

Entonces, ¿Cómo explicarlo? O mejor dicho ¿Cómo explicarme?

Ayer, en la plaza que está frente al Teatro Principal, había un grupo de parejas bailando tango. Ellas apretaban sus mejillas contra las barbas de ellos, ellos las agarraban muy fuerte, de la cintura, de la mano, mientras las conducían de un lado a otro, arrastrando un poquito los pies, deslizándose como los gatos. Muchas de esas mujeres se movían con los ojos cerrados, y me pareció una prueba de confianza absoluta, una entrega total, a su pareja, al baile.
Encontré el mejor ejemplo, para entender lo que me pasa.
Por una vez me he decidido a cerrar los ojos, así de simple, a dejarme llevar por la vida, como si fuera un experto bailarín de tango.
Aprender a confiar, a sentir, a dejar apartada la razón cuando me estorba.
Aquí es donde aparece la intensidad, y en una tarde de sábado, de lunes o de domingo, pueden suceder tantas cosas, que apenas me alcanza el tiempo para contarlas.
Porque después de los bailarines, vino la noche, el Rosario de Cristal, la calle llena de gente, el domingo de mañana, el paseo junto al río, el sol perezoso, las tapas, el cine, lugares, momentos, personas que me llamaron la atención, como los curas bebiendo cerveza, cigarrito en mano, en la Plaza de la Justicia.
Y yo que pensaba que era pecado beber y fumar, pues resulta que no, que los pecados son otra cosa.