Zaragoza en blanco




31.5.05

Esta tarde

verde

Cuando nos aproximábamos a la Costa Brava, serpenteando por sus estrechas carreteras, mi tía insistía para que mirara a mi alrededor.
Tienes que llenarte los ojos de verde, decía, de todo el verde que se extendía generosamente hasta el horizonte.
Entonces, la verdad, no le prestaba mucha atención, incluso bromeábamos sobre el tema.
El verde, que me importaba a mí el verde, yo lo que tenía ganas era de llegar a la playa y pegarme un baño.

Fue sin darme cuenta, que aprendí a amar esos paisajes. Y cuando empecé a extrañarlos, un día, decidí escribir sobre ellos.

Nostalgia de una forma de sentir, de la adolescencia, de lugares que no volverán a ser igual, porque ya no sé mirarlos como entonces.

Hoy me atormenta leer esas páginas y no poder reconocerme en ellas.

También estaba pensando en eso antes, mientras caminaba por la Avenida San José, a toda prisa.
Andar a paso ligero actúa como un sedante en mi cerebro, me pacifica.
Vueltas y vueltas, hasta que de forma inconsciente he mirado hacia mi derecha, y me he encontrado con todo ese verde de nuevo, acechando en cada una de las hojas de los árboles, en el contorno del río, en la tristeza del agua...

Mi mente se ha parado, por un instante, me ha dado un respiro.

Mis ojos, esta vez sí, se han inundado de verde.
Después de tantos años, a tantos kilómetros de distancia, parece que por fin, lo he entendido.

Ahora no sé por donde empezar.