Zaragoza en blanco




31.5.05

Esta tarde

verde

Cuando nos aproximábamos a la Costa Brava, serpenteando por sus estrechas carreteras, mi tía insistía para que mirara a mi alrededor.
Tienes que llenarte los ojos de verde, decía, de todo el verde que se extendía generosamente hasta el horizonte.
Entonces, la verdad, no le prestaba mucha atención, incluso bromeábamos sobre el tema.
El verde, que me importaba a mí el verde, yo lo que tenía ganas era de llegar a la playa y pegarme un baño.

Fue sin darme cuenta, que aprendí a amar esos paisajes. Y cuando empecé a extrañarlos, un día, decidí escribir sobre ellos.

Nostalgia de una forma de sentir, de la adolescencia, de lugares que no volverán a ser igual, porque ya no sé mirarlos como entonces.

Hoy me atormenta leer esas páginas y no poder reconocerme en ellas.

También estaba pensando en eso antes, mientras caminaba por la Avenida San José, a toda prisa.
Andar a paso ligero actúa como un sedante en mi cerebro, me pacifica.
Vueltas y vueltas, hasta que de forma inconsciente he mirado hacia mi derecha, y me he encontrado con todo ese verde de nuevo, acechando en cada una de las hojas de los árboles, en el contorno del río, en la tristeza del agua...

Mi mente se ha parado, por un instante, me ha dado un respiro.

Mis ojos, esta vez sí, se han inundado de verde.
Después de tantos años, a tantos kilómetros de distancia, parece que por fin, lo he entendido.

Ahora no sé por donde empezar.

30.5.05

Tres pasos

domingo

Mañana de domingo. El cielo está blanco. La plaza del Pilar, tan descomunal, llena de gente y palomas, tiene en ese alegre caos, algo de Piazza San Marco.
Desayunar en un hotel, pasear con la cámara de fotos en una mano, y en la otra, el tacto de tus dedos.
Pasar el día entero en la calle, sentirme turista.
Me pregunto, cuanto de mí esconderé en esa necesidad de sentirme turista.

Mañana de lunes. No he podido ir a clase, me desperté sin fuerzas.
Las nubes tomaron la ciudad, y un extranjero fuma, asomado en la ventana de la pensión de enfrente.
No tengo ganas de salir, me siento sola.

Me gusta leer antes de acostarme.
A veces, leo cosas que me entristecen.
Sinceramente, desearía haberlas escrito yo antes.

26.5.05

Hablar con la pared

palabras

Me lo explicó un compañero de clase, aunque la verdad no me lo dejó muy claro. Me dijo que habían tres arcos, y que en uno de ellos, se podía oír perfectamente lo que se hablaba de una punta a otra, aunque fuera en voz baja.
Llegamos, y en lugar de tres arcos, encontramos un arco grande, y tres pequeños con forma rectangular.
Probamos primero en uno de los cuadrados, nada, sólo funcionaba a gritos.
Después en el segundo, tampoco.
¿No será en el grande?
Probemos
Y entonces sucedió la magia, me acerqué a la pared y escuché tu voz en un susurro, como si naciera de un ladrillo.
No pude evitar una carcajada, y buscarte desconfiada detrás del muro.
Me asomé al otro lado, y tu seguías enfrente.
Sé que lo que sucede en ese arco tiene una explicación lógica, razonable, pero por más que lo intento no consigo entenderla, y lo prefiero así.
De las tonterías pasamos a las confidencias, hasta que una pareja se acercó para probar el mismo efecto.
Desde la terraza nos estaban mirando, pero no nos habíamos dado cuenta.
A veces sucede, que nos olvidamos de todo y nos quedamos solos en el mundo.

25.5.05

Reflejo compartido

en el espejo

El espejo está ahí,
todas las mañanas.
Pero no siempre me atrevo,
a levantar la cabeza
y mirarme a los ojos.

24.5.05

Paseo marítimo

un tobogán

Todavía no he tenido tiempo de extrañar el mar, pero siempre que paso frente a la pensión Holgado me digo lo mismo; el día que tenga nostalgia de playa, me sentaré frente a sus balcones, al lado de alguna palmera, y dibujaré a mis espaldas una serpiente de acantilados, que no se acabará nunca...

23.5.05

Nuevas señales

tuning?

La calle estos últimos días parece una fiesta.

Coches de mil colores, manos de payaso que cuelgan de los árboles, contenedores pintados, rompecabezas gigantes... Además el sábado como estaban probando los altavoces para el Rosario de Cristal, a todo esto había que añadirle música. La gente paseaba y se escuchaba a toda pastilla el tema principal de "Lo que el viento se llevó", casi todo el mundo lo tarareaba, sonreía, o lo seguía con la cabeza.

Me pareció que no sería mala idea dejar esos altavoces en algunas calles, quizá a un volumen más discreto, pero esa sensación de banda sonora era tan agradable.

Cuando era pequeña imaginaba que cuando fuera adulta iría cantando por la calle, como en un musical. Pensaba que era lo normal, y que algún hombre estilo Gene Kelly se enamoraría de mí, al observarme desde la cera de enfrente. Cruzaría, me tomaría del brazo, y nos iríamos juntos bailando.
Nunca pensé hacía a dónde, supongo que a casarnos o algo por el estilo.

Sí, comencé a desvariar muy temprano.

También estaba enamorada de John Travolta y buscaba señales, en las paredes, en el suelo, en las nubes, que me confirmaran que algún día estaríamos juntos.
Apenas sabía contar, pero con ayuda de mi prima calculábamos los años que me faltaban para tener los dieciocho, volar a "la América" como decíamos entonces, triunfar como actriz, conquistarlo y casarme con él.
Recuerdo que pensaba: Casi, por poco, pero todavía no será un viejo del todo.
Ella me torturaba por tener dos años más, decía que cuando yo fuera a "la América", ya me lo habría quitado.

Por eso yo buscaba señales, por ejemplo antes de salir de casa me decía, si encuentro un corazón en la pared, será mío, o bien, si piso alguna raya blanca de un paso de cebra, me moriré antes de los dieciocho y me pudriré en el infierno.
La verdad es que nunca creía en los castigos, pero si me ilusionaban las señales positivas.

Hoy, que disfrutaba de las calles de esta ciudad, que se han llenado de objetos nuevos, inesperados, imprevisibles, me he acordado de esas señales.

He recorrido el Paseo Independencia, leyendo la mayor parte de los escritos que hay colgados, y algunos sí me han dicho cosas, otros no los he entendido. También muchos me han hecho reír, enfadar o suspirar.

Pero lo que más me ha llamado la atención, es que yo estaba tarareando una canción (por dentro, tarareo por dentro) de Falete, que no me la quito de la cabeza desde que tengo las entradas para verlo el sábado, y en el tronco de un árbol, sobre el papel blanco que lo envolvía, he encontrado escrito un trozo de esa canción, no muy grande, pero lo suficiente para identificarlo a primera vista.
Decía:

Dame tu mano sin temor a equivocarte.

Y todavía no he conseguido relacionarlo con nada, pero de alguna forma me ha reconfortado. Algo así como el primer café con leche de la mañana, cuando me levanto temprano, y aún se siente un poquito de frío.

22.5.05

Intensidad

en la plaza

Leyendo los últimos escritos, veo que últimamente me repito mucho, intenso, intensidad, intensamente, una vez, otra, y estas son sólo las veces que se quedaron, inconscientemente, antes tuve que borrar algunas más, de las que por suerte si me di cuenta.
Odio repetirme, aunque si me dejo llevar, algunas palabras se cuelan sin permiso en todos mis textos, como pretendiendo ser las únicas capaces de sintetizar mis emociones.
Intensidad, la busco en el diccionario, pero ninguna de sus definiciones refleja como me siento, así que encima descubro que seguramente la esté utilizando mal.

Entonces, ¿Cómo explicarlo? O mejor dicho ¿Cómo explicarme?

Ayer, en la plaza que está frente al Teatro Principal, había un grupo de parejas bailando tango. Ellas apretaban sus mejillas contra las barbas de ellos, ellos las agarraban muy fuerte, de la cintura, de la mano, mientras las conducían de un lado a otro, arrastrando un poquito los pies, deslizándose como los gatos. Muchas de esas mujeres se movían con los ojos cerrados, y me pareció una prueba de confianza absoluta, una entrega total, a su pareja, al baile.
Encontré el mejor ejemplo, para entender lo que me pasa.
Por una vez me he decidido a cerrar los ojos, así de simple, a dejarme llevar por la vida, como si fuera un experto bailarín de tango.
Aprender a confiar, a sentir, a dejar apartada la razón cuando me estorba.
Aquí es donde aparece la intensidad, y en una tarde de sábado, de lunes o de domingo, pueden suceder tantas cosas, que apenas me alcanza el tiempo para contarlas.
Porque después de los bailarines, vino la noche, el Rosario de Cristal, la calle llena de gente, el domingo de mañana, el paseo junto al río, el sol perezoso, las tapas, el cine, lugares, momentos, personas que me llamaron la atención, como los curas bebiendo cerveza, cigarrito en mano, en la Plaza de la Justicia.
Y yo que pensaba que era pecado beber y fumar, pues resulta que no, que los pecados son otra cosa.

20.5.05

Preludio

esperando

Te espero, para ir a cenar.
Pasan más de diez minutos de la hora prevista, te espero.
Un grupo de turistas pasea ante mí, despacio.
Siento en la brisa caliente, la impaciencia de las noches de verano.
Te espero, y me entretengo mirando la calle.
Me sorprende no haber apreciado su belleza, antes.
Me sorprende encontrar belleza, una belleza real, dolorosa, entre un amasijo de andamios, charcos de orín, y bolsas de basura.
Los gatos escondidos, juegan, maúllan, me acompañan.
Por un momento me siento hipnotizada, atrapada.
Por un momento, ya no te espero.
Simplemente estoy allí, contemplo, y me enamoro de la luz intensa que brilla a lo lejos.

19.5.05

Tarazona

llovió

Llovió intensamente, durante unos cinco minutos.
El toldo tenía el tamaño justo para resguardarnos, y salpicarnos los dedos al alargar la mano.
Una mujer pasó corriendo. La calle vacía, de pronto.
Después el sol, y el olor a lluvia, en los ojos, en el cielo, en el asfalto mojado.
Las fachadas de los edificios me recordaron a Lucca.
La tarde de domingo, se secaba despacio, como la ropa tendida.
La sensación de haber estado allí antes, tan intensa, todavía me acompaña.

18.5.05

El miedo

taberna al-kareni

Esta noche, anoche, y la noche anterior.
Juegos de espejos para confundir, esconder, suavizar, las aristas de una realidad que todavía me asusta, que todavía me duele.
Tonos dorados, terrosos, calidez, protección, que me llevan a abrir los brazos en cruz, para sentir después toda mi debilidad.
El miedo, me enfrento, pero ahí está el miedo.
Qué será de mí, mañana, si descubro que el paraíso soñado, soy yo.

9.5.05

Algo grande

molino

Los molinos de cerca producen el ruido de los aviones al despegar.
Es extraño permanecer bajo esas enormes aspas, girando, apuntándome, cortando el aire, el sol, la respiración. Proyectando sombras alargadas, que atraviesan veloces el desierto.
Es extraño e inquietante. Las proporciones se pierden. Me parece intuir un peligro que no es más que simple vértigo.
De pronto recuerdo una canción, y una historia nueva se proyecta en el paisaje.
Me dan ganas de bailar, de expandirme, de ser tan grande como un abismo.
Es la inspiración, que desde el cielo, viene a buscarme.

7.5.05

Al día siguiente

mañana un desierto

Despertar con la cabeza llena de humo, dando vueltas.
Volver a dormir, dormir, dormir, con la esperanza de no estar así, más tarde.
Abrir los ojos, mejor, mucho mejor, y preparar un zumo con diez naranjas.
Inventar una canción, como cuando era niña, y cantaba para no sentirme sola.
Escuchar Eva Cassidy, ver fotos, dejar el tiempo pasar, plácidamente.
Encargar una pizza en El Mirador, una pizza Reina.
Ver Misterioso Asesinato en Manhattan, reír, a carcajadas. Dormirme a la mitad.
Regresar de la siesta con la melodía cálida de una trompeta, que el vecino misterioso del patio regala.
Levantar la persiana y descubrir que el sol entra en casa, con la intensidad del agosto.
Cerrar los ojos, sentir la música, el calor. Soñar despierta.

Mañana un desierto.

6.5.05

La felicidad

el sol

Esta noche vienen a cenar a casa los primeros amigos maños, seremos cinco en total. Estoy contenta, me gusta preparar cenas, me gusta que el comedor se llene de risas, música, y frases interrumpidas. Me gusta el calor de la gente, el que sólo puede dar la gente.

Voy a preparar una cena italiana. Una ensalada de rúcula, parmesano y pera, otra caprese y de segundo spaguetti arrabiata. He comprado también focaccia con olivas, vinagre de modena, chianti classico, lemonchelo de Sorrento y hasta tiramisú para el postre.
No hay nada que me guste más, que un buen plato de pasta. Algunos alimentos no sólo son un placer para el paladar, me entibian el corazón, tienen realmente el sabor de algunos seres queridos.

Por eso me he acercado a Montal a comprar peperoncinis rellenos de atún, entonces si que ya lo tenía todo. Al salir, la violinista de la calle Alfonso tocaba Ave María. He sentido el sol sobre mi piel, mientras a contraluz los milanos danzaban de un lado a otro, y una brisa breve jugaba con mi falda.

Ha sido uno de esos maravillosos momentos, que me gustaría prolongar eternamente.

4.5.05

Al pasar

curiosa

Ahí está el número 12, siempre llamándome la atención.
La forma del portal, los toldos de las ventanas, las barandillas pintadas de negro, se me antoja un lugar majestuoso y a la vez cercano, asequible.
Me gusta imaginarlo lleno de gente, de humo, el calor del jazz, la luz tenue, anaranjada, manos que gesticulan, miradas que se esquivan o que se buscan, besos, besos, el aire lleno de besos, en las mejillas, en los labios... de cuerpos que bailan, ausentes, de ojos que observan, desde una mesa apartada.
Sí alguna vez hubiera montado un negocio (fantasear por fantasear) habría sido así, seguro. Una especie de club, con música en directo, con el mismo tamaño y la misma forma que este local abandonado.
La curiosidad me invita a asomarme dentro, con cuidado, para no cortarme con los vidrios de la puerta.
Todo está dispuesto como si se hubiera cerrado de repente, sin pensarlo.
Como si todo el mundo hubiera salido corriendo.
Me gustaría ver este lugar abierto.
Encontrarme en mitad de la noche, sentada en uno de esos sofás rodeados de espejos.

curiosa curiosa

PD. No viene al caso, pero me acabo de acordar de una pregunta que quería hacer, espero que podáis ayudarme ¿Alguien sabe un buen local en Zaragoza para ir a bailar salsa? Gracias.

2.5.05

Esperanza

gavà

El mar puede resultar agotador.
Vuelvo, con la sensación de que nada cambia, todo es lo mismo.
Sin embargo compré un perfume nuevo.
Ahora no reconozco el latir de mis muñecas,
ni la curva de mi cuello, cuando la piel respira.