Zaragoza en blanco




31.3.05

Me dejo llevar

por la corriente

Recuerdo las excursiones con el colegio, cuando tenía unos seis o siete años, entonces nos enseñaban a meditar, o algo parecido, teníamos que elegir un rincón en la montaña, el que nos gustara más, sentarnos allí, a solas, en silencio y esperar a que el profesor tocara el silbato para volver.
No sabría precisar cuanto tiempo pasábamos así, ni en que pensaba en esos ratos, lo que sé seguro es que siempre elegía un lugar cerca del agua.
El agua como una obsesión, imposible dejar de mirarla, de meter la mano para sentir el hielo en los huesos, rodearme de agua siempre.
Años más tarde, tampoco hace mucho, alguien me dijo que el agua simboliza las emociones, y de algún modo supongo que las emociones me simbolizan a mí.
A veces dudo de estar compuesta de otra cosa que no sea exaltación o desasosiego.
Y por supuesto agua, aunque el mar esté lejos, todos los días contemplo el temblor de agua que forma el río. Todos los días vuelvo a enamorarme.