Zaragoza en blanco




20.1.05

Un regalo

cara a la pared

Caminaba hacia la plaza donde está el museo Pablo Gargallo, nunca recuerdo su nombre, hace dos días, o tres... ¡ Madre mía, que mal tengo la memoria! En fin, lo importante es que el día era gris, como lo habían sido todos los anteriores, y yo paseaba, tranquila, como siempre, pensando en vete a saber qué.
Entonces la plaza se iluminó, mejor dicho, una franja luminosa atravesó la fachada de la iglesia como si alguien detrás de una nube estuviera aguantando un foco. Miré el cielo, que empezaba a ser azul en una pequeña parte, y al bajar la vista ya encontré llena de luz toda la calle.
Regresé a casa andando rápido, emocionada, me sentía especial por haber podido presenciar semejante espectáculo.
Abrí la puerta, no solté ni el bolso, entré en esta habitación y allí estaba el sol, de nuevo, colándose por los agujeritos de mi persiana.