Zaragoza en blanco




21.1.05

Diez viajes

Todas las tardes cojo el autobús, unas veces el 40 y otras el 39. Sentarme en él me recuerda a las tardes de ir y venir en el metro de Barcelona, donde me gustaba observar a la gente y escribir sobre ella. Aquí es diferente, habiendo paisaje urbano tras las ventanas, casi siempre me olvido de los pasajeros.
Ayer en cambio, uno me llamó la atención. Llevaba un sombrero gris y algo en su mirada que advertía que se iba a comportar de un modo extraño. Primero se colocó al lado de una mujer mayor. Cuando ella se giraba le tocaba el hombro con un dedo, sutil, su tacto debía ser apenas perceptible, porque la señora no estaba segura si era real o no lo que le estaba pasando. Después se levantó para bajar y esperó de pie detrás de una chica, calculo que de mi edad. Empezó a soplarle en la nuca, primero muy suave, luego un poco más, hasta que ella se giró con cara de fastidio. Entonces las puertas se abrieron y bajó, no sin antes empujar al chico que había en la entrada. Ya en la acera, palmeó el hombro de una anciana, le grito buenas tardes y cruzó el semáforo por delante del autobús con los brazos abiertos de par en par, con una sonrisa pequeña, en la mirada, no en los labios.
Silencio en el interior del autobús, ese hombrecillo había creado un clima incómodo, a nadie le gusta ser tocado, o soplado por un desconocido, al menos eso parece.
A mí, desde fuera, teniendo una imagen total de la escena, me pareció un tipo divertido, solo hacía falta una buena melodía, y habría sido el perfecto protagonista de un musical.