Zaragoza en blanco




14.12.04

De todo lo bueno que la tierra me da...

moncayo

Mis pasos, mi mirada, nacieron orientados al mar, un mar que estaba ahí, y que muchas veces ni me molestaba en contemplar, solo tenía que caminar un poco más, ir más abajo, todas las calles hacían bajada, pero no lo hacía, sentirlo cerca, nada más, ya era suficiente.
El mar estaba y está presente en mi vida, como mi parte inconsciente, como todas las cosas que no me requieren esfuerzo, que son intuitivas.
La tierra en cambio, siempre ha estado lejos, y me refiero a la tierra que se puede tocar, coger a puñados, no al asfalto de las ciudades. No lo entiendo, al pasear por el bosque, puedo sentir cada árbol, cada hoja mojada, pegada al camino, el agua helada del río, todo lo siento, lo siento parte de mí y me reconforta, me reconcilia, pero es tan efímero, no perdura, las sensaciones se desvanecen a las pocas horas. Olvido, olvido con mucha facilidad, si olvido, no necesito.
Hablo en presente, pero no es justo, porque creo que me he enamorado de una montaña, han pasado dos días y sueño con ella, y tengo ganas de volver, y si, la necesito, y le hablo a escondidas, mientras miro sus fotos una vez, y otra.
Quizá ahora que estoy lejos del mar, quizá llegó el momento de abrazar la tierra.
Quizá cuando aprenda a abrazar la tierra, no pase un día más en Barcelona sin visitar la playa.