Zaragoza en blanco




30.11.04

Una isla

solar

Cuando era pequeña, me encantaba jugar en los solares. Especialmente en uno que estaba al lado de mi casa donde íbamos a parar todos los niños y niñas del barrio, o como nosotros decíamos "de mi calle". Allí convertíamos en joyas los trozos de botellas rotas o saltábamos sin descanso sobre improvisados barcos hechos con sillones deshilachados. En esas enormes parcelas, que tanto tiempo permanecían abandonadas, aquellos años, en esos campos improvisados, pudimos ser piratas, reyes, bateadores de pichi, buscadores de tesoros, jugábamos y reíamos hasta caer la noche, hasta que la última madre bajaba a dar el toque de queda.
Por eso, cuando veo un solar me gusta pararme a contemplarlo, me parece encontrar un oasis entre tantas casas amontonadas, este lo descubrí esta mañana, en el barrio de la Magdalena. Un barrio precioso, por cierto.