Zaragoza en blanco




24.11.04

Tierra

por el suelo

Camino mirando el suelo, es un buen antídoto, contra la realidad y el frío, totalmente inocuo, aunque tampoco conviene abusar. De esta forma solo veo zapatos, adoquines, perros, ruedas de coches, de carritos, colillas y hojas secas.
En definitiva, las miradas no se cruzan y el aire no se cuela por los huecos de la bufanda, formando un efecto burbuja muy agradable, la sensación de no ver y no ser visto.
Me gusta el suelo en Zaragoza, sobretodo algunas partes en que pequeñas piedras negras y grises se apretujan unas con otras, o las que mezclan el rojo y el blanco que me recuerdan a tantos sitios, sitios cercanos al mar, calles que conducen a centenares de playas que guardo con recelo en la memoria.
La calle donde viven mis padres, en Cornellà, antes tenía un suelo precioso, a cuadros rojos y azules, casi siempre caminaba saltándome un color o el otro, y imaginaba que perder o ganar me suponía cumplir un deseo, una recompensa o una maldición, que por suerte olvidaba al girar la esquina. Hace ya unos cuantos años sustituyeron esas baldosas por otras horribles, grises, enormes, que supongo que serán mucho más baratas de colocar, pero que han convertido gran parte de Barcelona y alrededores en un desierto de cemento desolador, desolador para quien como yo, algunos días, necesita seguir con la mirada sus propios pasos.
En Zaragoza parece que esta moda todavía no se ha extendido del todo, espero que continúe así por mucho tiempo.