Zaragoza en blanco




15.11.04

No tiemblo (todavía)

cuantos molinos


El Cierzo, eso que aquí llaman Cierzo, golpea los cristales de mi ventana, volviendo eternas las noches. No presiento furia en sus golpes, ni siquiera la furia podría ser tan constante, es otra cosa, parecida a la angustia, una melodía demasiado compleja que corta el sueño a su antojo, con sus caprichosos altos y bajos. Y cuando por fin llega el día, El Cierzo, eso que aquí llaman Cierzo, no cesa, se empeña en enredarme el pelo, hacer volar mi bufanda, y darme abrazos de hielo, de un hielo que mi piel rechaza por desconocido, pero que mi corazón, sensible a las sacudidas, acoge, como siempre acoge todo lo que le produce, para bien o para mal, una alteración invisible, un cambio, movimiento.
El Cierzo, eso que aquí llaman Cierzo, está en boca de todos, en la cafetería, en el cajero, en la luz amarillenta de las farolas, en el metro (si Zaragoza tuviera metro) y a mí, más que el viento, me parece estar oyendo en sus susurros mi conciencia, que no puede parar de gritar desesperada, y nada, no consigo entender lo que me dice.