Zaragoza en blanco




25.11.04

De paso

La habitación desde la que escribo da a la calle, es una habitación de mar. Se compone de una pecera, dos cuadros marineros pintados por mi abuela, una lámpara de barco que se fundió ayer, una red de pescar y conchas de la playa de Sitges colgando en las paredes.
También tiene una ventana enorme y un balcón pequeño, un balcón más bien simbólico diría yo. Desde ese ventanal puedo ver, justo enfrente, dos hostales, que ocupan plantas distintas de un mismo edificio.
Cuando visito una ciudad nueva, suelo alojarme en hostales o pensiones, y una de mis imágenes favoritas es la que me ofrece la calle, por primera vez, al abrir la ventana de la habitación que me haya tocado.
Me gusta, a veces, desde mi silla, en esta casa, pensar en todas esas personas que sueñan detrás de esas persianas y cortinas, pensar que cuando se asoman, la ciudad que ellos ven, es la que yo veo también.
Me siento acompañada, en lo efímero de sus visitas. A veces, cuando me siento sola, me da por pensar cosas raras. Y si lloro, pueden verme, todavía no compré cortinas, y lloro, lloro y no me importa que me vean, porque sé que los ojos que me miran, mañana se habrán ido, porque la habitación de enfrente será otra mañana, y yo también, yo seré otra, sin todas estas lágrimas quemándome dentro.