Zaragoza en blanco




30.11.04

Una isla

solar

Cuando era pequeña, me encantaba jugar en los solares. Especialmente en uno que estaba al lado de mi casa donde íbamos a parar todos los niños y niñas del barrio, o como nosotros decíamos "de mi calle". Allí convertíamos en joyas los trozos de botellas rotas o saltábamos sin descanso sobre improvisados barcos hechos con sillones deshilachados. En esas enormes parcelas, que tanto tiempo permanecían abandonadas, aquellos años, en esos campos improvisados, pudimos ser piratas, reyes, bateadores de pichi, buscadores de tesoros, jugábamos y reíamos hasta caer la noche, hasta que la última madre bajaba a dar el toque de queda.
Por eso, cuando veo un solar me gusta pararme a contemplarlo, me parece encontrar un oasis entre tantas casas amontonadas, este lo descubrí esta mañana, en el barrio de la Magdalena. Un barrio precioso, por cierto.

29.11.04

Pistas

¿podría ser aquí?

Hace tiempo, alguien me enseñó a tomarme la vida como un juego. Podría asegurar que paradójicamente nunca antes me la había tomado tan en serio, pero serio forma parte de mis palabras prohibidas y desde entonces, asegurar, es algo que he dejado de hacer.

25.11.04

De paso

La habitación desde la que escribo da a la calle, es una habitación de mar. Se compone de una pecera, dos cuadros marineros pintados por mi abuela, una lámpara de barco que se fundió ayer, una red de pescar y conchas de la playa de Sitges colgando en las paredes.
También tiene una ventana enorme y un balcón pequeño, un balcón más bien simbólico diría yo. Desde ese ventanal puedo ver, justo enfrente, dos hostales, que ocupan plantas distintas de un mismo edificio.
Cuando visito una ciudad nueva, suelo alojarme en hostales o pensiones, y una de mis imágenes favoritas es la que me ofrece la calle, por primera vez, al abrir la ventana de la habitación que me haya tocado.
Me gusta, a veces, desde mi silla, en esta casa, pensar en todas esas personas que sueñan detrás de esas persianas y cortinas, pensar que cuando se asoman, la ciudad que ellos ven, es la que yo veo también.
Me siento acompañada, en lo efímero de sus visitas. A veces, cuando me siento sola, me da por pensar cosas raras. Y si lloro, pueden verme, todavía no compré cortinas, y lloro, lloro y no me importa que me vean, porque sé que los ojos que me miran, mañana se habrán ido, porque la habitación de enfrente será otra mañana, y yo también, yo seré otra, sin todas estas lágrimas quemándome dentro.

24.11.04

Tierra

por el suelo

Camino mirando el suelo, es un buen antídoto, contra la realidad y el frío, totalmente inocuo, aunque tampoco conviene abusar. De esta forma solo veo zapatos, adoquines, perros, ruedas de coches, de carritos, colillas y hojas secas.
En definitiva, las miradas no se cruzan y el aire no se cuela por los huecos de la bufanda, formando un efecto burbuja muy agradable, la sensación de no ver y no ser visto.
Me gusta el suelo en Zaragoza, sobretodo algunas partes en que pequeñas piedras negras y grises se apretujan unas con otras, o las que mezclan el rojo y el blanco que me recuerdan a tantos sitios, sitios cercanos al mar, calles que conducen a centenares de playas que guardo con recelo en la memoria.
La calle donde viven mis padres, en Cornellà, antes tenía un suelo precioso, a cuadros rojos y azules, casi siempre caminaba saltándome un color o el otro, y imaginaba que perder o ganar me suponía cumplir un deseo, una recompensa o una maldición, que por suerte olvidaba al girar la esquina. Hace ya unos cuantos años sustituyeron esas baldosas por otras horribles, grises, enormes, que supongo que serán mucho más baratas de colocar, pero que han convertido gran parte de Barcelona y alrededores en un desierto de cemento desolador, desolador para quien como yo, algunos días, necesita seguir con la mirada sus propios pasos.
En Zaragoza parece que esta moda todavía no se ha extendido del todo, espero que continúe así por mucho tiempo.

23.11.04

Nocturnos

souvenir

Hace frío, te apetece tomar un café Irlandés, a mí también, en realidad lo que nos apetece es estirar la noche un poco más, alargar la conversación, seguir riendo por cosas que no tienen gracia para ningún otro, porque las carcajadas pueden ser más cómplices que la piel, algunas veces. Y allí, muy cerca, está esa taberna inglesa, la de los enormes sofás de skay, donde estuvimos una vez y estuvimos cómodos.
Pedimos y nos sirven dos enormes copas, coronadas con nata y virutas de chocolate, y el whisky, que normalmente no soporto, me parece una delicia unido al calor del café, una sensación que se queda en el pecho, amarrada, de sabores dulces y amargos, de la noche tan clara que puedo ver tras el cristal, que está detrás de ti, que me mirás a mí, en lugar de mirar la noche. Nuevas ideas, mezclándose con antiguos recuerdos, todo puesto sobre la mesa, junto con las copas, los posavasos y el cenicero vacío. La música es espantosa, de esa que como mucho, se soporta en verano, pero no importa, me pides que te escriba y si soborno un poco a la memoria, haciendo un pequeño esfuerzo, bien podría estar sonando Over the Rainbow por Eva Cassidy, que es lo que estoy escuchando ahora, mientras te pienso.

22.11.04

Recorrido

Al pasar por la calle León XIII, en el escaparate de Paspartu dos cuadros me hacían señales cromáticas para que me los llevara, la tienda parece estar en liquidación y solo me han costado diez euros cada uno. En el más grande predomina el azul y el verde. Es un jardín, con mesa, sillas, hojas, luz, y una gran sombrilla rosa a rayas blancas que me transporta a la primavera. En el pequeño es de noche, amarillo y negro, y abajo puede leerse "The white lights, Broadway at 43 street". Los dos me encantan, a los dos he encontrado ya un sitio.
Después, me he cruzado en un semáforo con una señora casi idéntica a mi abuela, me ha sonreído, puede que yo lo haya hecho primero, sin darme cuenta, puede que ella no se haya dado cuenta tampoco.
Más adelante, en la Plaza de los Sitios, he visto un perro completamente blanco, con la cabeza negra, brillante, formando un contraste perfecto, como si lo acabaran de barnizar y pintar. Me he desviado un poco para pasar por el anfiteatro romano y he descubierto que desde la iglesia del Sagrado Corazón se puede ver la cúpula rojiza de la Seo, que sin poder evitarlo, me recuerda a un helado de fresa.
Ya en casa, todavía queda algo de cerveza en la nevera. Me pongo a escribir, retener, coser, no quiero que se me escape nada.

17.11.04

Paseo después de clase (hoy aprendí un poema)

ojos que sueñan


Je vous cherche
Je vous trouve
Je vous aime
Je vous garde

Je vous regarde
Je vous écoute
Je vous aime
Je vous garde

Vous me quittez
Vous m'oubliez
Je vous pardonne
Je vous aime

15.11.04

No tiemblo (todavía)

cuantos molinos


El Cierzo, eso que aquí llaman Cierzo, golpea los cristales de mi ventana, volviendo eternas las noches. No presiento furia en sus golpes, ni siquiera la furia podría ser tan constante, es otra cosa, parecida a la angustia, una melodía demasiado compleja que corta el sueño a su antojo, con sus caprichosos altos y bajos. Y cuando por fin llega el día, El Cierzo, eso que aquí llaman Cierzo, no cesa, se empeña en enredarme el pelo, hacer volar mi bufanda, y darme abrazos de hielo, de un hielo que mi piel rechaza por desconocido, pero que mi corazón, sensible a las sacudidas, acoge, como siempre acoge todo lo que le produce, para bien o para mal, una alteración invisible, un cambio, movimiento.
El Cierzo, eso que aquí llaman Cierzo, está en boca de todos, en la cafetería, en el cajero, en la luz amarillenta de las farolas, en el metro (si Zaragoza tuviera metro) y a mí, más que el viento, me parece estar oyendo en sus susurros mi conciencia, que no puede parar de gritar desesperada, y nada, no consigo entender lo que me dice.

12.11.04

Sin comentarios

compra-venta

9.11.04

Exils

Zano
Naïma


El festival de cine continua, y no es cuestión de comparar unas películas con otras, solo decir que ayer, ayer encontré una de esas películas que te abren el alma, que te empapan de sueños, horizontes, promesas de otros, ayer eran de otro, hoy son tan mías como de cualquier espectador que en la misma sala, o en otra, como yo, se agarraba el pecho con la mano para no perder el corazón tras una imagen del desierto.
Exils habla de la búsqueda de raíces, una búsqueda espontanea, ilusionada, inocente, que da más, mucho más de lo esperado.
No sé en que otras ciudades se proyecta, en Zaragoza la repiten el jueves, mientras aquí dejo un poco de su música, protagonista absoluta.


7.11.04

Caminos

fuendetodos





Hay caminos imposibles, infinitos,
desconocemos si llevan a alguna parte.
Hay cielos tan azules, que con seguridad
no volverán a repetirse.
Pero que importancia puede tener
si seguimos, uno al lado del otro.

5.11.04

Fin de semana de cine

cartel

Ayer hizo un mes que vivo en Zaragoza, en el ascensor mi nuevo vecino me pregunto que tal estabamos, como nos sentíamos en la ciudad ¡muy bien! ¡estupendamente! Le respondí con una euforia que quizá le pudo parecer exagerada, pero es que es la primera vez, en años, que un vecino me pregunta como me encuentro. En general la gente es acogedora, y la ciudad también, de la ciudad siento que formo parte desde el primer día, no sé si por el hedonismo compartido (no por nada algunos Zaragozanos dicen que aquí hay mucho vicio), o por alguna especie de karma que se esté cumpliendo.
Hay algunas personas a las que extraño, a veces incluso las extraño muchísimo, y me duele, pero de Barcelona, de momento y afortunadamente, no echo a faltar nada, quizá el mar en verano, pero siempre estuvo tan sucio que seguramente iré a buscarlo a otro sitio. Realmente a lo que más me cuesta adaptarme es a los momentos de soledad, pero de todo se aprende, al menos eso intento.
Pero yo quiero hablar de otra cosa, hoy estoy especialmente alegre porque empieza el festival Cinefrancia, y durante una semana podré disfrutar del mejor cine francés, en una generosa programación que incluye películas inéditas en España. Veremos si lo que he aprendido en clase me sirve de algo, suerte que proyectan versiones subtituladas porque de momento no paso de los números y alguna que otra conjugación de verbos.

2.11.04

Alrededores

La carretera que lleva a Fuendetodos está desierta, el aire es hielo, nos rodean unas dunas melancólicas, peladas, extrañas, extrañas para el que nunca las vio antes. Un paisaje que nunca se rompe, que inunda los ojos de amplitud y horizonte, y molinos, los molinos que avisan que estás llegando, al pueblo donde nació Goya, más bien diría, al pueblo porque nació Goya, él es el fin, el motivo, la búsqueda que nos mueve hasta este lugar remoto, acogedor, amable, que nos recibe con el alzar el vuelo de una cigüeña. Nunca había visto una antes ¿Y tú? Caminamos entre piedras, algunas enormes, otras formando casas, otras rodando tras una patada. Como siempre llegamos a la mala hora, cuando todo está cerrado, pero no importa, comemos, paseamos, esperamos, reímos, la temperatura es cada vez más baja, la gente en contraste te abriga. Más tarde la chica del museo nos explica cada detalle, sonriente, la casa donde él nació, la casa tiene techos bajos y el ambiente enrarecido. Los gravados duelen, los horrores de la guerra, los caprichos, los monstruos que atormentaban al genio, los ojos torturados, visitar Fuendetodos tiene el mismo efecto que verter agua ardiendo sobre un vaso de cristal helado, uno se marcha con sensaciones dividas, entre el placer y la angustia, entre un día de excursión fantástico y una tristeza infinita.

desde el mirador