Zaragoza en blanco




15.10.04

El día 14

Saboreo el café. Un Capuccino en un café. Un café, un refugio. Un café en el paseo de la Independencia.
Hay tantos aquí. Tantos cafés, tantos bares, tantas puertas abiertas.
Hoy llegó el frío y me caló los huesos.
Tacitas de porcelana, chatos de vino, barras de mármol, jaleo, jaleo, eterno jaleo, el barrio donde yo vivo, estos días huele a cordero asado y calamares fritos. Y las fiestas continúan. Anoche el Rosario de cristal pasó por mi puerta, yo sentada en el balcón miraba, lucecitas de velas llenaban la calle, de arriba abajo, de abajo arriba, como en la ofrenda de flores el día antes, baturros y baturras haciendo cola bajo mi ventana.
En cada rincón suena una jota, algunas mujeres cantan, y fuman, con los labios pintados, el mantón bordado de hilo a los hombros, el pelo recogido en moño. Siguen fumando, como si todos los días se vistieran de princesas, como si el cigarro solo fuera aire, aire que baila entre sus cuidadas manos. Y las fiestas siguen, aunque se enfade Bunbury porque le falló el experimento y a nadie pareció importarle.
Tropezar con las ideas, cantará Antonio Vega dentro de poco, yo más bien choco con ellas (que ganas tengo de verlo) y cuando me aparto están rotas o dobladas, por eso muchas veces no se me entiende.
Corazón, corazón, me llaman todas las dependientas, y a veces me angustia ser el corazón de tanta gente en esta ciudad, pero no puedo negar que me guardo todas esas pequeñas muestras de afecto y cuando me siento sola las abrazo muy fuerte, con los ojos cerrados, como si fueran los viejos peluches que nunca tuve.