Zaragoza en blanco




17.9.04

Memoria

Miento. Zaragoza no es solo una palabra impresa, también es un lugar de paso. En tren, en autocar, camino de Madrid, San Sebastián o Cádiz, Zaragoza siempre es de las primeras paradas en las que ya sientes que estás un poquito más lejos de casa, que ya queda menos, aunque en realidad todavía quede mucho.
Siempre he llegado de noche a la terminal de autobuses, al menos así lo recuerdo, un lugar en el que siempre es de noche, noche de verano. Las paredes están pintadas de un color crema claro, cubierto del humo negro que sale de las colas de los autobuses y de las cabezas de algunos conductores, y quiero recalcar que solo de algunos porque otros irradian una especie de luz apacible de tono similar a las paredes.
Quince minutos de descanso, gente caminando de aquí para allá, un pedacito de calle que se alcanza a ver en tan poco tiempo, siempre el mismo tramo oscuro, de una calle de la que aún no sé el nombre. El bar de al lado, para comprar agua, porque otra vez nos la hemos bebido toda nada más comenzar el viaje, la espalda entumecida, estirar las piernas, un coche que pasa, una ciudad que duerme...
Una ciudad que duerme.