Zaragoza en blanco




23.9.04

Fragmento

Me ha pasado varias veces, pero nunca deja de sorprenderme encontrar en un libro algo que momentos antes estaba pensando. Aquí va una parte de una novela que no tiene nada que ver con Zaragoza, pero sí con ciudades, visiones, encuentros y perspectivas...

EMPRENDER un crucero alrededor de la isla de Manhattan supone hallarse en la difícil situación de tener que convertirte en un forastero en tu propia casa, para poder describirla con el colorido necesario.
Cuánto más fácil no habría sido, por ejemplo, que me hubieran mandado a Rusia, para pintar un retrato escrito de las casas y meriendas de sus habitantes. O haber ido a Francia, a pasear entre las ruinas de las que hablaba la prima Milly en las partes descriptivas de sus cartas; haber deambulado por las grandes avenidas o admirado los anhelados sombreros de un escaparate en una calle contigua al café del que Jules me hablaba la otra noche. O haber observado el humo de los cigarrillos franceses, o haber visitado la tumba de Napoleón o paseado por donde Bernhardt solía hacerlo, o haber intentado localizar el café donde Verlaine y Baudelaire escribían sus poemas, o cualquiera de las mil y una cosas que uno espera hacer cuando viaja al extranjero.
Allí uno se daría cuenta de como están hechos los botones porque la persona que los usara sería nueva y distinta, en un país antiguo y extraño. Aquí uno no echa de menos los botones hasta que se le caen.
Aquí un contempla las cosas porque tiene ojos. Allí tiene ojos para poder contemplar. Ésa es la inevitable tragedia de estar familiarizados con nuestro propio ambiente. Aquí vivimos y desempeñamos nuestra rutina cotidiana porque nos lo exigen las circunstancias; pero únicamente cuando viajamos ?aunque sólo sea a Kansas, siempre y cuando Kansas sea un lugar desconocido- descubrimos que para apreciar y comprender sólo cabe una disposición amigable hacia la arquitectura o hacia la gente.
Es el decir (cómo está usted?) la parte educativa de la vida. El adiós es sólo el triste preludio a un párrafo que ya no necesitamos.
¿Quién dijo aquello de: (Amigo mío, no puedes penetrar en tu casa, porque fue allí donde se te halló penetrando hacia el exterior)? Y así me convierto en uno de los mil millones de condenados, a no ser que me encuentre en un lugar solitario, donde pueda ser útil mi llamada a los ecos que he dispuesto a mi alrededor desde que nací y que nunca me han respondido; un lugar que a mí me resulte tan extraño como extraña le sea yo al lugar.


Djuna Barnes - Nueva York