Zaragoza en blanco




28.9.04

De lo poco que he visto

en el parque grande

y sigo haciendo cajas...

23.9.04

Fragmento

Me ha pasado varias veces, pero nunca deja de sorprenderme encontrar en un libro algo que momentos antes estaba pensando. Aquí va una parte de una novela que no tiene nada que ver con Zaragoza, pero sí con ciudades, visiones, encuentros y perspectivas...

EMPRENDER un crucero alrededor de la isla de Manhattan supone hallarse en la difícil situación de tener que convertirte en un forastero en tu propia casa, para poder describirla con el colorido necesario.
Cuánto más fácil no habría sido, por ejemplo, que me hubieran mandado a Rusia, para pintar un retrato escrito de las casas y meriendas de sus habitantes. O haber ido a Francia, a pasear entre las ruinas de las que hablaba la prima Milly en las partes descriptivas de sus cartas; haber deambulado por las grandes avenidas o admirado los anhelados sombreros de un escaparate en una calle contigua al café del que Jules me hablaba la otra noche. O haber observado el humo de los cigarrillos franceses, o haber visitado la tumba de Napoleón o paseado por donde Bernhardt solía hacerlo, o haber intentado localizar el café donde Verlaine y Baudelaire escribían sus poemas, o cualquiera de las mil y una cosas que uno espera hacer cuando viaja al extranjero.
Allí uno se daría cuenta de como están hechos los botones porque la persona que los usara sería nueva y distinta, en un país antiguo y extraño. Aquí uno no echa de menos los botones hasta que se le caen.
Aquí un contempla las cosas porque tiene ojos. Allí tiene ojos para poder contemplar. Ésa es la inevitable tragedia de estar familiarizados con nuestro propio ambiente. Aquí vivimos y desempeñamos nuestra rutina cotidiana porque nos lo exigen las circunstancias; pero únicamente cuando viajamos ?aunque sólo sea a Kansas, siempre y cuando Kansas sea un lugar desconocido- descubrimos que para apreciar y comprender sólo cabe una disposición amigable hacia la arquitectura o hacia la gente.
Es el decir (cómo está usted?) la parte educativa de la vida. El adiós es sólo el triste preludio a un párrafo que ya no necesitamos.
¿Quién dijo aquello de: (Amigo mío, no puedes penetrar en tu casa, porque fue allí donde se te halló penetrando hacia el exterior)? Y así me convierto en uno de los mil millones de condenados, a no ser que me encuentre en un lugar solitario, donde pueda ser útil mi llamada a los ecos que he dispuesto a mi alrededor desde que nací y que nunca me han respondido; un lugar que a mí me resulte tan extraño como extraña le sea yo al lugar.


Djuna Barnes - Nueva York



21.9.04

Preparativos

El sábado estuve en Zaragoza, buscaba piso y lo encontré, también pude ponerle nombre a las calles y llevarme una primera impresión de la ciudad, que para mí siempre es la que cuenta.
Me gustan las ciudades con río, Madrid, París, Verona, Lucca, y ahora Zaragoza.
Me traslado el lunes, pero la ciudad donde he vivido estos últimos 25 años también albergaba un río hace mucho tiempo. Después lo canalizaron, o lo estrangularon no me enteré muy bien y solo puede verse un tramo sucio, marrón y seco a las afueras, y no es lo mismo, aunque eso no impida que no lo vaya a echar de menos.
Creo que me acordaré más de Cornellà que de Barcelona, nunca se sabe, mi memoria siempre ha tomado caminos extraños, pero es el lugar dónde he crecido, aunque suene tópico, él único sitio dónde es imposible que me pierda (hasta en Barcelona lo hago), dónde prácticamente hice todo por primera vez, aunque casi todo lo aprendí fuera, dónde me saluda el carnicero y el loco del pueblo, dónde hasta el que no me saluda también me conoce de algún modo... bueno, que me pongo melancólica y es lo último que quiero.
Mejor sigo empaquetando, que el día de partida se acerca...

17.9.04

Memoria

Miento. Zaragoza no es solo una palabra impresa, también es un lugar de paso. En tren, en autocar, camino de Madrid, San Sebastián o Cádiz, Zaragoza siempre es de las primeras paradas en las que ya sientes que estás un poquito más lejos de casa, que ya queda menos, aunque en realidad todavía quede mucho.
Siempre he llegado de noche a la terminal de autobuses, al menos así lo recuerdo, un lugar en el que siempre es de noche, noche de verano. Las paredes están pintadas de un color crema claro, cubierto del humo negro que sale de las colas de los autobuses y de las cabezas de algunos conductores, y quiero recalcar que solo de algunos porque otros irradian una especie de luz apacible de tono similar a las paredes.
Quince minutos de descanso, gente caminando de aquí para allá, un pedacito de calle que se alcanza a ver en tan poco tiempo, siempre el mismo tramo oscuro, de una calle de la que aún no sé el nombre. El bar de al lado, para comprar agua, porque otra vez nos la hemos bebido toda nada más comenzar el viaje, la espalda entumecida, estirar las piernas, un coche que pasa, una ciudad que duerme...
Una ciudad que duerme.

16.9.04

Por primera vez he visto amanecer en la falda del Tibidabo, me pregunto porque nunca quise verlo antes.

Hoy sabré más cosas.

14.9.04

Sin fecha

Todavía no sé el día exacto en que voy a trasladarme, pero dentro de poco escribiré desde Zaragoza. Una ciudad nueva, una página en blanco, un espacio vacío en mí donde descubrir calles, olores, cielos, tejados, andares... tantas cosas, ya puedo imaginarlas pero no quiero, prefiero chocarme con ellas cuando llegue. Eso sí, como soy adicta a las guías he aprovechado la ocasión para comprarme una, por ahora Zaragoza es solo una palabra impresa, guía azul, Zaragoza, página 39, sigo leyendo...
Barcelona ya huele a despedida, solo es un año, le digo, y parece que lo comprende, pero está fingiendo.